Las familias y su defensa jurídica

Hace poco estuve leyendo un libro titulado HISTORIA DE LA ESTUPIDEZ HUMANA, escrito por Paul Tabori (nacionalizado británico, pero de origen húngaro).

Resulta un libro muy curioso y muy entretenido (que os podéis imaginar –sólo por el título- de qué trata) y se lo recomiendo a todo el mundo.

Pero en particular, si eres abogado o te dedicas a algo relacionado con el mundo judicial te sugiero que le eches un vistazo a una de las historias que en él se recogen, como un ejemplo más de la estupidez humana.

O mejor, léete el capítulo VI completo, titulado LA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA (estupidez, que por desgracia, persiste hasta nuestros días y se proyecta hacia el futuro).

Tabori, hace un recorrido por el mundo de los absurdos judiciales, y entre otras muchas cosas, nos recuerda que en la Edad Media los animales podían ser juzgados, y de hecho, existían sentencias de condena a animales. Puede tener cierta lógica si se entiende como una forma de combatir las plagas tan dañinas en esos tiempos. No obstante, también se daban condenas individuales a un solo animal.

Los tribunales civiles se ocupaban de estos asuntos.

Hoy día no es extraño que los hechos originados por un animal (pensemos en el ataque de un perro a una persona), sean objeto de juicio. Pero es obvio que la responsabilidad recae sobre el propietario del mismo y el procedimiento se sigue contra la persona y se condena a dicha persona.

Sin embargo, en la Edad Media, lo que se buscaba era castigar al animal  propiamente dicho por su mala conducta.

Leído así, suena a que es uno de los típicos embustes de mi amigo Antonio, esos que a él tanto le gustan. Anoche mismo me contó uno nuevo: dice que han inventado cápsulas de cerveza, que se usan igual que las capsulitas de café de las máquinas  tipo “nespresso”. Metes en una máquina tu cápsula de cerveza y al momento tienes una jarra de cerveza rica y bien fresquita…

¿Vosotros os lo creéis? Yo no, aunque vete tú a saber. Cosas más raras han inventado.

Pero a lo que iba: lo que le recomiendo a los juristas que se lean del libro, es sobre todo la historia del famoso ABOGADO DE LOS RATONES.

Al parecer, en el año 1519, un tal Simon Fliss acudió al juez e instó  un proceso contra los ratones del campo, en nombre del pueblo de Stilfs. Según la Ley, los dichosos ratones tenían derecho a ser defendidos (has leído bien, sí), de manera que el Sr. Fliss solicitó que les nombraran un defensor. El Juez nombró a Hans Grienebner, que quedó formalmente instituido como el abogado defensor de los ratones.

Estaba claro que las plagas de ratones causaban daños en cosechas y reservas de alimentos, de ahí que fueran procesados.

¿En qué se basó la defensa de los animalitos? Pues en que los ratones también eran útiles y acababan con otras plagas, al comerse –por ejemplo- las larvas de ciertos insectos.

Finalmente ,la sentencia condenó a las “bestias dañinas” a marcharse de los campos en el plazo de 14 días, sin posibilidad de regreso. El plazo se ampliaba a 14 días más para el caso de animales embarazados  o excesivamente jóvenes…

La verdad es que ayer le conté esta historia a mi jefe del despacho de abogados en Sevilla y creyó que le estaba tomando el pelo. Hasta he tenido que regalarle el libro de Tabori para que se lo lea. Me jura que en sus más de cuarenta años ejerciendo como abogado, jamás había oído una historia parecida. Eso sí: le ha encantado y se la cuenta ahora  a todos sus clientes y colegas.

Yo nunca me inventaría una mentira tan bien elaborado como esa. No sería capaz. El experto en inventar cuentos es, ya os digo, mi amigo Antonio.

Por lo que a mí respecta, sólo tengo clara una cosa y es que yo de mayor quiero ser la abogada defensora de los ratones…

Las ventajas que aporta la mediación

De entre los métodos de resolución pacífica y extrajudicial de conflictos, uno de los que más me llama la atención es el de la mediación, donde un tercero imparcial a las partes en conflicto resuelve en nombre de ellas sobre un conflicto planteado, siempre que ambas partes estén de acuerdo en que ese tercero sea quien tenga la última palabra en la controversia sujeta precisamente a mediación, y por supuesto con los límites impuestos en el contrato de mediación al que tanto las partes como el mediador habrán de ceñirse estrictamente.

Y curiosamente las partes, que son las más interesadas en acabar cuanto antes con el problema que tienen, no comunican al mediador hasta donde estarían dispuestas a ceder, por lo que el mediador se encuentra cuanto menos en una delicada situación entre ellas y respecto al objeto de la mediación, que puede ser de las más variadas casuísticas siempre en el ámbito privado, que es donde puede y suele darse.

Hace poco estuve con un amigo en una mediación en sevilla sobre un problema de lindes entre dos propietarios de fincas rústicas colindantes. Era un problema que llevaba varias generaciones molestando a sus respectivas familias, y que por fin decidieron solucionar amistosamente. Las escrituras he de decir que eran cuanto menos imprecisas, ya que hablaban textualmente de “donde mea el monte” como linde o separación entre una finca y la otra, y dado que esa zona tenía y tiene unas estupendas vistas sobre la vega, ambos vecinos pretendían construir allí.

Ni topólogos ni los planos aportados en la época al registro de la propiedad aportaban luz al asunto así que ambos vecinos optaron por la mediación, que contó con una visita a la zona conflictiva de ambos predios, donde con un poco de buena voluntad entre ambos, se llegó al acuerdo que uno entregaba parte de terreno que consideraba como suyo sin discusión, a cambio de la misma parte de terreno que el otro vecino también consideraba como suya sin discusión.

Aunque he de decir que el hecho de que el mediador hiciera una exquisita paella en el terreno, regada por un vino que por cierto era muy bueno, también tuvo algo que ver en la consecución de un acuerdo plenamente satisfactorio para ambas partes.