Gana más un cerrrajero que un abogado

Cuando yo era pequeña quería ser escritora. Recuerdo que me pasaba horas escribiendo historias y soñando que ganaba el Premio Planeta o el Nadal. De hecho, participé en ambos con unas novelas y aún guardo con cariño la nota que me enviaron agradeciéndome mi participación.

Naturalmente, no gané nada. Yo tenía trece años y no era absolutamente nadie.

Decepcionada por la cruda realidad, decidí que ya no quería ser escritora. Total, me iba a morir de hambre y yo deseaba, como todo el mundo, ser rica para comprarme un bonito chalet con piscina y hacer viajes a países exóticos cada verano.

Así que de pronto me dije que iba a ser detective privado. Pedí información sobre un curso a distancia y me mandaron a un comercial para informarme. Entonces yo era una adolescente tímida y con granos, y me aterrorizó la idea de ponerme a hablar con el pobre comercial, que había cruzado media España para venir a hablarme del curso. Con ayuda de una amiga, logré darle esquinazo y nunca llegué a reunirme con él. Yo pensaba que me mandarían una carta informándome, pero jamás creí que enviarían a una persona. De haberlo sabido, yo no hubiese pedido la información.

Tras el nuevo golpe, cambié de rumbo, y ahora decidí que me haría policía judicial. Quería estudiar criminología e irme a Ávila a la academia.

Pero lo malo era que para ser policía tenías que superar unas pruebas físicas que me parecieron muy duras.

Yo en el colegio siempre sacaba malísimas notas en educación física. Para mí correr o saltar era un martirio chino. El deporte no me gustaba nada. Me hacía sudar y me cansaba nada más empezar.

Así que al final acabé estudiando Derecho. La carrera en general, me pareció interesante y aprendí muchas cosas.

Luego ejercí la profesión durante diez años en un bufete (de abogados, sí, no de esos donde hay mucha comida, como dice un amigo mío) y allí hice de todo. Me pasé muchas horas en los pasillos de los juzgados, aprendí a hacer gestiones notariales, registrales, actuaciones administrativas, acuerdos extrajudiciales, y un largo etcétera.

Pero la verdad es que yo no tenía vocación de abogado. La profesión no me gustaba y me cansaba mucho ver lo mal que funcionaba todo en el sector de la Justicia.

Además, tampoco gané mucho dinero, pese al tópico que tienen los abogados sobre que se forran y que ganan muchos billetes. Eso será en las películas, porque yo me sacaba un sueldo bastante modesto.

En cambio, mi hermano pequeño, no quiso estudiar ninguna carrera. Hizo un módulo de formación profesional y aprendió el oficio de la cerrajería. Hoy tiene un estupendo puesto de trabajo y gana mucho más que yo como cerrajero Zaragoza.

Por supuesto que su trabajo no está exento de dificultades ni de inconvenientes, pero a él le gusta y le da para vivir mucho mejor de lo que vivo yo.

Y la verdad, no sabéis cuantas ventajas tiene lo de contar con un cerrajero en la familia. Pasa cualquier cosa, y allí está él, abriendo puertas y trabajando con las cerraduras como quien fríe rosquillas.

Y lo fácil que parece cuando él lo hace. Intenta tú abrir una puerta a ver si eras capaz. Seguro que no.