Abogados para salir de asnef

Empecé a trabajar con trece años, así que nadie me puede decir que no sé lo que es el trabajo y el esfuerzo.

Y a mí nadie me dio nada.

Mi primer empleo, siendo un niño, me lo dieron a la fuerza en el negocio de mis padres, que llevaban toda la vida en la hostelería.

Un gremio que si bien no da para hacerse rico, permite –sobre todo en las zonas turísticas- que muchas familias vivan de forma decente.

Pese a la oposición de mi padre, que quería que yo heredera el negocio, fui a la Universidad a los dieciocho y estudié Derecho.

Me fue muy bien y saqué la carrera en menos años que la mayoría de mis compañeros y nada más terminé me aceptaron en un prestigioso bufete de abogados.

Pero después de un año allí, descubrí que me había equivocado de carrera y que ni tenía vocación ni el menor interés en seguir por el camino de la abogacía.  Y mira que me jefe depositó toda su confianza en mí y me dijo que yo llegaría lejos.

Sin embargo, las largas distancias no me atraían y yo prefería vivir más el día a día  y disfrutar más. Mi existencia en el despacho consistía en jornadas de más de doce horas diarias, e incluso trabajando los fines de semana.

Un día me planté y me pregunté que de qué servía todo aquello y el dinero que pudiera ganar, si no podía gastarlo ni disfrutarlo por falta de tiempo.

Así que una mañana le devolví a mi jefe las llaves de la oficina, el móvil corporativo, la toga y le dije que me marchaba.

Todavía no se la ha creído del todo.

Después de mi corta aventura con la Justicia (o mejor dicho, con la Injusticia, porque de la otra, poca vi), cambié completamente de tercio y decidí abrir una librería en el centro.

Siempre había adorado los libros y de pequeño, mi mayor ilusión era ser el jefe de una inmensa biblioteca. Me encantaba el silencio que reinaba en ellas y el olor a papel y polvo acumulado en ejemplares antiquísimos.

Cierto que me influyó también alguna que otra película, pero esa es otra historia.

Como no contaba con dinero suficiente para invertir en una biblioteca, me contenté con un pequeño y coqueto local dedicado a venta de libros.

Sin embargo, a pesar de toda la ilusión que le puse, mi negocio se fue a pique en menos de dos años.

El aumento de la difusión de los libros electrónicos y por internet, fue haciendo que la gente se desinteresara cada vez más por el papel. Y eso unido a la competencia de las grandes librerías de la ciudad, supuso un cócktel destructivo.

En cuestión de meses me vi endeudado hasta las cejas y sumergido en las listas de asnef.

Cerré la librería y decidí que saldría para delante, a golpe de préstamos.

Y entonces me encontré con el terrible problema de que ningún banco quería concederme dinero para ningún proyecto, por bueno que fuera, porque yo aparecía como moroso en el ASNEF.

Desesperado, una tarde decidí llamar a mi amigo Antonio, el abogado, a quien conocía desde la infancia, para exponerle mi situación y preguntarle si había alguna solución posible.

Antonio, tan servicial como siempre, me dio cita aquel mismo día a las nueve la noche y me dijo que podía estar tranquilo, porque él sabía la forma de conseguir créditos rápidos con asnef.

Yo no daba crédito, porque todo el mundo me aseguraba que con ASNEF, no tenía nada que hacer y que me cerrarían todas las puertas.

Por suerte, no los creí por completo e hice bien en reunirme con Antonio.

Él me ayudó y en poquísimo tiempo tuve concedido el dinero suficiente para emprender mi nuevo negocio: una tienda esotérica.

Porque al fin había entendido lo que el destino esperaba de mí.