Delitos contra el medio ambiente

Pretender extraer esas hebras sin dañar dicho tejido en su conjunto es prácticamente imposible.Pretender que la Iglesia renuncie a su poder o se comporte de determinada manera, -desde la consideración de lo que dice ser-, es absurdo. Si la Iglesia fuera una institución capaz de actuar de tal manera, no tendría sentido trabajar en pro de ese fin. La Iglesia es una formidable maquinaria de poder con un papel insustituible para una parte importante de la sociedad: mientras la voz de los obispos siga siendo respetada como una autoridad de referencia por el Estado, se puede estar seguro de que nada esencial ha cambiado. De que todo cambio acabará redundando en una realidad cuyas esencias no cambian.

La Iglesia es también el garante de una determinada forma de entenderse a sí mismas por parte de muchas personas. Integra al niño en la ‘verdadera’ sociedad con el bautismo, gestiona el rito de paso a la autonomía del individuo mediante la confirmación, da sentido al dolor y alivia la angustia ante la muerte mediante la extrema unción. No me refiero a lo que hay detrás de los ritos, sino de los ‘simples’ ritos. La Iglesia garantiza, para muchas personas, un sentimiento de transcendencia al que no creen que pudieran acceder de otra manera.¿Qué hay detrás de los ritos? Siglos de pensamiento buscando la ‘armonía’ entre las diversas consideraciones de la naturaleza del poder, que se han ido sucediendo, y el conjunto de creencias generado por la Iglesia y en torno a ella. ‘Orden’.

Es inútil acusar a la Iglesia de los abundantes crímenes que jalonan su historia, -como la de cualquier institución humana-, porque para sus fieles las ‘flores pisoteadas’ siempre serán la consecuencia triste de su avance hacia ese bien supremo que la hace ciega a toda consideración profana. Nada hay irreparable para quien piensa que dios hará justicia incluso a los injustos.Y alrededor de todo eso pulula esa constelación de creencias y ritos populares que en la ‘era de la razón’ se dio en llamar supersticiosas sólo para dignificarse de nuevo, de la mano de los antropólogos, como ‘cultura’ y que se ha blindado gracias a eso con las galas de lo inatacable.